Expliquemos: en 1991 el francés Luc Jacques vio un aviso en el diario que buscaba a un biólogo dispuesto a grabar por catorce meses, a los pingüinos emperadores. El detalle era que los pingüinos esos, viven en la fría, fría Antártica. Jacques era biólogo, y sabía esquiar desde los tres años. Dijo, ésta es la mía, y partió sin haber tomado una cámara de video en su vida. Quince años después, sube a aceptar el Oscar por mejor documental con un peluche en la mano (en un acto de gloria nerd, después de todo, estudió biología), y su película es traducida a todos los idiomas del mundo.
“La marcha de los pingüinos”es la típica película de la que todos hablan. La que tiene a todos locos y que “hay” que ver. Podría ser la típica película que todos dicen que les gusta pero en verdad a todos les da lata. Porque claro, dos horas de hielo y pingüinos pareciera que no calientan a nadie. Los pingüinos son pájaros que no vuelan, que viven en el frío, son gordos y caminan raro. ¿Quiere alguien ver eso? Lo que pasa, es que los pingüinos emperadores son pájaros de lo más románticos. Y los mejores padres. Y muestran que el juntarse, aparearse, cuidarse y arriesgarse por otros, es instinto animal. Habitantes de un mundo blanco, hacen sentir que los humanos, con esto del espíritu y el lenguaje, le ponemos mucho color. Vivir, convivir y sobrevivir es lo más natural del mundo.
La bendita película te derrite. Esa es la razón para invertir dos horas en pingüinos ( y una preciosa fotografía y música, aplausos a Monsieur Jacquet). Además, cuando alguien sin mucho tema de conversación te pregunte cuál es tu animal favorito, vas a ser mucho más fácil contestar.
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